martes, 3 de enero de 2012

ESTRELLAS


La brisa acariciaba mi cara, mientras el agua del mar, que mojaba mis pies, llegaba solamente hasta los tobillos, pues no estaba dentro de él, si no en la orilla.
La noche estaba oscura, y el silencio se podía practicamente tocar con las manos... Un pequeño susurro de las voces del Olimpo, acompañaban como mágicos seres, el paseo que me dispuse a dar.
La noche estrellada, el cielo absolutamente oscuro, y con una resplandeciente Luna, que gritaba para que alguien le hiciera caso.
Me senté en el trono que unas rocas me ofrecieron para escuchar la nada, y allí sentada, pude tocar mi alma con mis pensamientos, que divagaban lejos, pensando en la lejanía de los recuerdos pasados, y en los futuros placeres que me depararía el futuro que podría montar a mi manera, y bajo mi criterio.
Quise deslizarme hacia dentro del agua, para poder tocar a Neptuno, pero él no estaba allí. En su ausencia estaba yo, sola ante un mundo gigante, inmenso y tremendamente maravilloso.
Una caracola pequeña me llamó desde el fondo, y no pude evitar acariciarla con unas manos mudas, que deslizaban, silenciosas, ante tanta maravilla. Cuando la agarré entre mis manos, pude sentir la vida que tenía dentro, y le mostré las estrellas de una forma que ella nunca había podido ver; fuera del agua. Noté como su inmensa presencia hacía que ella, también, se sintiera muy muy pequeña. Las dos nos hicimos compañía por un buen rato, observando y sin poder intercambiar palabra, pues no hablamos el mismo idioma. Aunque el universal de los sentimientos, es el mismo en cualquiera de los reinos que existen en este planeta.
Nos quedamos paralizadas, y tranquilas.
Las estrellas estaban transmitiendo el mayor reflejo que yo había visto jamás, y quise también tocarlas, aunque a sabiendas de que sólo podría hacerlo con la mirada. Extendí mis manos hacia arriba, ajustandome a la medida que se requería, pero fue una batalla que ya sabía perdida...
Mi amiga marina estaba inmersa en su mirar, y en ver el cielo desde una desconocida perspectiva, y no quise apartarla de ese placer.
Se oye un eco desde lo más profundo del agua, y entiendo que el Señor Rey de todas las aguas está reclamando a mi compañera nocturna. Sin distraerme más, la poso en el agua, despacio, para no inquietarla, y cuando una pequeña ola le roza, se va con ella, desapareciendo en un torbellino de sal y frialdad. Se marchó con el maravilloso recuerdo de saber que las estrellas no sólo se ven desde el mismo sitio, ni tienen las mismas características. y podemos observar las mismas cosas, pero dependiendo del ángulo, se verán de una forma, de un tamaño, o de una manera diferente.
Y yo me retiré sigilosamente, empapandome las manos de la maravilla de haber aprendido una lección importante y maravillosa.. Que la naturaleza, las experiencias y las formas de ver las cosas dependen de la manera de verlas, sentirlas y quererlas...


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